EL ROMANCERO ESPAÑOL

Desde siempre he pensado que uno de los grandes tesoros con los que contamos los españoles, en el sentido más amplio del término, es nuestro Romancero Medieval y dado que siempre me ha atraído mucho, me propongo dedicarle un espacio específico y propio en mi página de derecho (¿y por qué no?), que, lentamente, irá modificándose. Paramos para oír la vigencia y plenitud de estos poemas, en este caso y en el siguiente cantados por Dina Rot, por ejemplo el que se conoce por Abajour Bijou , anónimo.

Para entrar en materia podríamos citar algunos ejemplos de los millares de romances que componen este tesoro escondido; podemos citar;

- Romance del rey moro que perdió Valencia.

- Romance de la pérdida de Alhama.

- Pártese el moro Alicante.

- La venganza de Mudarra.

- Romance de Abenámar.

- Romance de Don Bueso.

- Romance del reino perdido.

- La misa del Amor.

- Romance de la loba parda.

- Romance de la doncella guerrera I.

- Romance de la doncella guerrera II.

- Romance de Rosafresca.

- Romance del prisionero.

- Romance del enamorado y la muerte.

- El infante Arnaldos.

- Entrevista de Bernardo con el rey.

- Romance de Antequera.

- De Francia partió la niña.

- Romance nuevamente rehecho de la fatal desenvoltura de la cava Florinda.

- Romance X de la muerte del rey Don Fernando en el castillo de Cabezón, a una

corta jornada de Valladolid.

- Romance XII de Doña Urraca, cercada en Zamora.

- Romance XIII en que Doña Urraca recuerda cuando El Cid se criaba con ella en su

palacio de Zamora.

- Romance XV del caballero leal Zamorano y de Vellido Dolfos, que se salió de

Zamora para con falsedad hacerse vasallo del rey Don Sancho.

- Romance XVII con el reto de Diego Ordóñez.

- Romance XVIII cuenta cómo Arias Gonzalo se preparaba para lidiar el reto.

- Romance XIX del entierro de Fernand Arias.

- Romance XI de la infanta Doña Urraca, que se fue para Cabezón a quejarse muy

malamente al rey su padre.

- Romance I dice cómo El Cid vengó a su padre.

- Romance VIII carta de Doña Jimena al rey.

- Romance IX la respuesta del rey.

- Romance III en que Doña Jimena pide de nuevo justicia al rey.

- Romance II de cómo Jimena, la hija del conde Lozano, pide al rey venganza.

- Romance del juramento que tomó El Cid al rey Don Alonso.

- Romance de Rosaflorida.

- Romance de Doña Alda.

- Romance de Fontefrida.

- Romance de Gerineldo y la infanta.

- Romance de Gerineldo.

Vale la pena ver  el Romancero Tradicional o, en la red, se puede encontrar el llamado Romancero General o Colección de Romances Españoles Anteriores al Siglo XVIII (de más de 700 páginas en pdf) o hacer una rápida mirada por este muy interesante texto y sus enlaces.

En la acepción menos doctrinal o científica pero más cómoda y expansiva del concepto de romancero prefiero, fuera de academicismos, y dado que el propio concepto del Romancero deviene de

imposible definición desde mi particular punto de vista, prefiero ceñirme, con toda modestia a tres aspectos:

a) los romances anónimos,

b) el Mester de Clerecia y el Mester de Juglaria y

c) autores concretos.

Y así, de paso, asumir que no conozco ni puedo concretar este ingente poemario, sino solo visitarlo y ofrecerlo en esta página.

VAYAMOS POR PARTES



Primeramente incidir en que esto no es una página

especializada ni científica; es el desarrollo de una afición concreta y personal. Por ese motivo

solamente se irán incluyendo y excluyendo, periódicamente, determinados romances

medievales en cada uno de estos tres apartados.

PRIMERO; los romances

anónimos. Para entender su valor oigamos esta versión de un romance cantada; Dieciocho Años Tengo. Por ahora, quiero transcribir dos, que congenian muy acertadamente con el tema de la Violencia contra las Mujeres que tratamos en otra parte de estas páginas.

ROMANCE DE LA DONCELLA GUERRERA I

En Sevilla a un sevillano

siete hijas le dio Dios,

todas siete fueron hembras

y ninguna fue varón.

A la más chiquita de ellas

le llevó la inclinación

de ir a servir a la guerra

vestidita de varón.

Al montar en el caballo

la espada se le cayó;

por decir, maldita sea,

dijo: maldita sea yo.

El Rey que la estaba oyendo,

de amores se cautivó,

—Madre los ojos de Marcos

son de hembra, no de varón.

—Convídala tú, hijo mío,

a los rios a nadar,

que si ella fuese hembra

no se querrá desnudar.

Toditos los caballeros

se empiezan a desnudar, y

el caballero Don Marcos

se ha retirado a llorar.

Por qué llora Vd. Don Marcos

por qué debo de llorar,

por un falso testimonio

que me quieren levantar.

No llores alma querida

no llores mi corazón,

que eso que tú tanto sientes,

eso lo deseo yo.


ROMANCE DE LA DONCELLA GUERRERA II

Pregonadas son las guerras de Francia para Aragón,

¡Cómo las haré yo, triste, viejo y cano, pecador!

¡No reventaras, condesa, por medio del corazón,

que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón!

Allí habló la más chiquita, en razones la mayor:

—No maldigáis a mi madre, que a la guerra me iré yo;

me daréis las vuestras armas, vuestro caballo trotón.

—Conoceránte en los pechos, que asoman bajo el jubón.

—Yo los apretaré, padre, al par de mi corazón.

—Tienes las manos muy blancas, hija no son de varón.

—Yo les quitaré los guantes para que las queme el sol.

—Conocerante en los ojos, que otros más lindos no son.

—Yo los revolveré, padre, como si fuera un traidor.

Al despedirse de todos, se le olvida lo mejor:

—¿Cómo me he de llamar, padre? —Don Martín el de Aragón.

—Y para entrar en las cortes, padre ¿cómo diré yo?

—Besoos la mano, buen rey, las cortes las guarde Dios.

Dos años anduvo en guerra y nadie la conoció

si no fue el hijo del rey que en sus ojos se prendó.

—Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo;

los ojos de Don Martín son de mujer, de hombre no.

—Convídalo tú, mi hijo, a las tiendas a feriar,

si Don Martín es mujer, las galas ha de mirar.

Don Martín como discreto, a mirar las armas va:

—¡Qué rico puñal es éste, para con moros pelear!

—Herido vengo, mi madre, amores me han de matar,

los ojos de Don Martín roban el alma al mirar.

—Llevarasla tú, hijo mío, a la huerta a solazar;

si Don Martín es mujer, a los almendros irá.

Don Martín deja las flores, un vara va a cortar:

—¡Oh, qué varita de fresno para el caballo arrear!

—Hijo, arrójale al regazo tus anillas al jugar:

si Don Martín es varón, las rodillas juntará;

pero si las separase, por mujer se mostrará.

Don Martín muy avisado hubiéralas de juntar.

—Herido vengo, mi madre, amores me han de matar;

los ojos de Don Martín nunca los puedo olvidar.

—Convídalo tú, mi hijo, en los baños a nadar.

Todos se están desnudando; Don Martín muy triste está:

—Cartas me fueron venidas, cartas de grande pesar,

que se halla el Conde mi padre enfermo para finar.

Licencia le pido al rey para irle a visitar.

—Don Martín, esa licencia no te la quiero estorbar.

Ensilla el caballo blanco, de un salto en él va a montar;

por unas vegas arriba corre como un gavilán:

—Adiós, adiós, el buen rey, y tu palacio real;

que dos años te sirvió una doncella leal

Óyela el hijo del rey, trás ella va a cabalgar.

—Corre, corre, hijo del rey que no me habrás de alcanzar

hasta en casa de mi padre si quieres irme a buscar.

Campanitas de mi iglesia, ya os oigo repicar;

puentecito, puentecito del río de mi lugar,

una vez te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar.

Abra las puertas, mi padre, ábralas de par en par.

Madre, sáqueme la rueca que traigo ganas de hilar,

que las armas y el caballo bien los supe manejar.

Tras ella el hijo del rey a la puerta fue a llamar.


SEGUNDO; el Mester de Clerecía y el Mester de Juglaria. En realidad este apartado es redundante pues del mismo hablamos, explícitamente, en los otros dos apartados.

Lo que lo hace fascinante es que, desde el siglo XII al XIV, en lo que  hoy es España, Clérigos (que no eran solo prelados sino todo hombre culto) y Juglares , que buscaban un beneficio económico, se ponen de acuerdo para con su versos lograr una “culturización popular”. Es un primer atisbo de democracia, en el fondo y desde mi particular entender.

Pero  lo más impresionante de todo es que este proceso tiene lugar en la llamada “España de las Tres Culturas”en la que musulmanes, judíos y católicos lograron una convivencia todavía no superada. Esta es la España que, destruida por unos Reyes que se apellidaban Católicos y que financiaron el exterminio en el Continente Americano, es la que hay que reivindicar y no la Imperial o la Barroca, donde el pueblo nunca fue un actor sino un empobrecido espectador. No reproduzco poema alguno, por ahora, aunque ya lo haré más adelante.

TERCERO; En este tercer apartado tengo la intención de incluir poemas de autores, que se caracterizarán, fundamentalmente, por su unidad de estilo y longitud de obra. Ya no son romancillos anónimos, sino El Libro de Buen Amor, Los Milagros de Nuestra Señora o el que vamos a reproducir inicialmente, que se halla íntimamente ligado a muchos artículos de estas páginas (El Final de la Vida) y me refiero, en concreto, a Las Coplas a la Muerte de su Padre; nunca nadie expresó tan impresionantemente el amor hacia su padre y con una cadencia y un ritmo que imposibilita una lectura que no sea recitada o cantada, pues resulta más cómodo (siempre he pensado que, originariamente, estas coplas se cantaban; como muestra, un botón. Coplas por la muerte de su padre. J. Manrique/P. Ibáñez), nosotros, por ahora, leámoslas.

Coplas a la muerte de su padre

1  Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando,

cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

2     Pues si vemos lo presente

cómo en un punto se es ido

y acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo no venido   por pasado.

No se engañe nadie, no,

pensando que ha de durar

lo que espera

mas que duró lo que vio,

pues que todo ha de pasar

por tal manera.

3     Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir,

allí van los señoríos

derechos a se acabar   y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos   y más chicos,

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.

Invocación 4

Dejo las invocaciones

de los famosos poetas

y oradores;

no curo de sus ficciones,

que traen yerbas secretas

sus sabores;

aquel sólo invoco yo

de verdad,

que en este mundo viviendo

el mundo no conoció   su deidad.

5     Este mundo es el camino

para el otro, que es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada   sin errar.

Partimos cuando nacemos

andamos mientras vivimos,

y llegamos

al tiempo que fenecemos;

así que cuando morimos   descansamos.

6     Este mundo bueno fue

si bien usásemos dél   como debemos,

porque, según nuestra fe,

es para ganar aquel   que atendemos.

Aun aquel Hijo de Dios,

para subirnos al cielo,

descendió   a nacer acá entre nos,

y a morir en este suelo   do murió.

7     Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que, en este mundo traidor

aun primero que miramos

las perdemos:

de ellas deshace la edad,

de ellas casos desastrados

que acaecen,

de ellas, por su calidad,

en los más altos estados   desfallecen.

8     Decidme: La hermosura,

la gentil frescura y tez   de la cara,

la color y la blancura,

cuando viene la vejez,

¿cuál se para?

Las mañas y ligereza

y la fuerza corporal

de juventud,

todo se torna graveza

cuando llega al arrabal

de senectud.

9     Pues la sangre de los godos,

y el linaje y la nobleza   tan crecida,

¡por cuántas vías y inodos

se pierde su gran alteza   en esta vida!

Unos, por poco valer,

¡por cuán bajos y abatidos

que los tienen!;

otros que, por no tener,

con oficios no debidos   se mantienen.

10     Los estados y riqueza,

que nos dejen a deshora

¿quién lo duda?

no les pidamos firmeza,

pues son de una señora   que se muda.

Que bienes son de Fortuna

que revuelven con su rueda   presurosa,

la cual no puede ser una

ni estar estable ni queda   en una cosa.

11     Pero digo que acompañen

y lleguen hasta la huesa

con su dueño:   por eso no nos engañen,

pues se va la vida apriesa   como sueño;

y los deleites de acá

son, en que nos deleitamos,   temporales,

y los tormentos de allá,

que por ellos esperamos,   eternales.

12     Los placeres y dulzores

de esta vida trabajada

que tenemos,

no son sino corredores,

y la muerte, la celada

en que caemos.

No mirando a nuestro daño,

corremos a rienda suelta   sin parar;

desque vemos el engaño

y queremos dar la vuelta,

no hay lugar.

13     Si fuese en nuestro poder

hacer la cara hermosa   corporal,

como podemos hacer

el alma tan gloriosa,

angelical,

¡qué diligencia tan viva

tuviéramos toda hora,

y tan presta,

en componer la cautiva,

dejándonos la señora   descompuesta!

14     Esos reyes poderosos

que vemos por escrituras

ya pasadas,

con casos tristes, llorosos,

fueron sus buenas venturas

trastornadas;

así que no hay cosa fuerte,

que a papas y emperadores

y prelados,

así los trata la Muerte

como a los pobres pastores   de ganados.

15     Dejemos a los troyanos,

que sus males no los vimos,

ni sus glorias;

dejemos a los romanos,

aunque oímos y leímos   sus historias;

no curemos de saber

lo de aquel siglo pasado

qué fue de ello;

vengamos a lo de ayer,

que también es olvidado   como aquello.

16     ¿Qué se hizo el rey don Juan?

Los Infantes de Aragón

¿qué se hicieron?

¿Qué fue de tanto galán,

qué de tanta invención   que trajeron?

¿Fueron sino devaneos,

qué fueron sino verduras

de las eras,

las justas y los torneos,

paramentos, bordaduras   y cimeras?

17     ¿Qué se hicieron las damas,

sus tocados y vestidos,

sus olores?

¿Qué se hicieron las llamas

de los fuegos encendidos

de amadores?

¿Qué se hizo aquel trovar,

las músicas acordadas

que tañían?

¿Qué se hizo aquel danzar,

aquellas ropas chapadas

que traían?

18     Pues el otro, su heredero,

don Enrique, ¡qué poderes

alcanzaba!

¡Cuán blando, cuán halaguero

el mundo con sus placeres

se le daba!

Mas verás cuán enemigo,

cuán contrario, cuán cruel

se le mostró;

habiéndole sido amigo,

¡cuán poco duro con él   lo que le dio!

19     Las dádivas desmedidas,

los edificios reales

llenos de oro,

las vajillas tan fabridas,

los enriques y reales

del tesoro;

los jaeces, los caballos

de sus gentes y atavíos

tan sobrados,

¿dónde iremos a buscallos?

¿qué fueron sino rocíos

de los prados?

20     Pues su hermano el inocente,

que en su vida sucesor

le hicieron,

¡qué corte tan excelente

tuvo y cuánto gran señor

le siguieron!

Mas, como fuese mortal,

metiole la Muerte luego

en su fragua.

¡Oh, juicio divinal,

cuando más ardía el fuego,

echaste agua!

21     Pues aquel gran Condestable,

maestre que conocimos

tan privado,

no cumple que de él se habla,

mas sólo cómo lo vimos

degollado.

Sus infinitos tesoros,

sus villas y sus lugares,

su mandar,

¿qué le fueron sino lloros?

¿Qué fueron sino pesares   al dejar?

22      Y los otros dos hermanos,

maestres tan prosperados

como reyes,

que a los grandes y medianos

trajeron tan sojuzgados

a sus leyes;

aquella prosperidad

que en tan alto fue subida   y ensalzada,

¿qué fue sino claridad

que cuando más encendida

fue matada?

23     Tantos duques excelentes,

tantos marqueses y condes

y varones

como vimos tan potentes,

di, Muerte, ¿do los escondes   y traspones?

Y las sus claras hazañas

que hicieron en las guerras

y en las paces,

cuando tú, cruda, te ensañas,

con tu fuerza las aterras

y deshaces.

24     Las huestes innumerables,

los pendones, estandartes

y banderas,

los castillos impugnables,

los muros y baluartes

y barreras,

la cava honda, chapada,

o cualquier otro reparo,

¿qué aprovecha?

Cuando tú vienes airada,

todo lo pasas de claro

con tu flecha.

25     Aquel de buenos abrigo,

amado por virtuoso   de la gente,

el maestre don Rodrigo

Manrique, tanto famoso   y tan valiente;

sus hechos grandes y claros

no cumple que los alabe,

pues los vieron,

ni los quiero hacer caros

pues que el mundo todo sabe

cuáles fueron.

26     Amigos de sus amigos,

¡qué señor para criados

y parientes!

¡Qué enemigo de enemigos!

¡Qué maestro de esforzados   y valientes!

¡Que seso para discretos!   ¡Qué gracia para donosos!

¡Qué razón!

¡Qué benigno a los sujetos!

¡A los bravos y dañosos,

qué león!

27     En ventura Octaviano;

Julio César en vencer

y batallar;

en la virtud, Africano;

Aníbal en el saber   y trabajar;

en la bondad, un Trajano;

Tito en liberalidad

con alegría,

en su brazo, Aureliano;

Marco Atilio en la verdad   que prometía.

28     Antonio Pío en clemencia;

Marco Aurelio en igualdad

del semblante;

Adriano en elocuencia,

Teodosio en humanidad

y buen talante;

Aurelio Alejandro fue

en disciplina y rigor

de la guerra;

un Constantino en la fe,

Camilo en el gran amor

de su tierra.

29     No dejó grandes tesoros,

ni alcanzó muchas riquezas

ni vajillas;

mas hizo guerra a los moros,

ganando sus fortalezas

y sus villas;

y en las lides que venció,

cuántos moros y caballos

se perdieron;

y en este oficio ganó

las rentas y los vasallos

que le dieron.

30     Pues por su honra y estado,

en otros tiempos pasados,

¿cómo se hubo?

Quedando desamparado,

con hermanos y criados   se sostuvo.

Después que hechos famosos

hizo en esta misma guerra

que hacía,

hizo tratos tan honrosos

que le dieron aun más tierra

que tenía.

31     Estas sus viejas historias

que con su brazo pintó

en juventud,

con otras nuevas victorias

ahora las renovó

en senectud.

Por su grande habilidad,

por méritos y ancianía

bien gastada,

alcanzó la dignidad

de la gran Caballería

de la Espada.

32     Y sus villas y sus tierras

ocupadas de tiranos

las halló;

mas por cercos y por guerras

y por fuerza de sus manos   las cobró.

Pues nuestro rey natural,

si de las obras que obró

fue servido,

dígalo el de Portugal

y en Castilla quien siguió

su partido.

33     Después de puesta la vida

tantas veces por su ley

al tablero;

después de tan bien servida

la corona de su rey

verdadero;

después de tanta hazaña

a que no puede bastar

cuenta cierta,

en la su villa de Ocaña

vino la Muerte a llamar

a su puerta

34     diciendo: -«Buen caballero

dejad el mundo engañoso

y su halago;

vuestro corazón de acero

muestre su esfuerzo famoso

en este trago;

y pues de vida y salud

hicisteis tan poca cuenta

por la fama,

esfuércese la virtud

para sufrir esta afrenta

que os llama.

35     «No se os haga tan amarga

la batalla temerosa

que esperáis,

pues otra vida más larga

de la fama gloriosa

acá dejáis,

(aunque esta vida de honor

tampoco no es eternal

ni verdadera);

mas, con todo, es muy mejor

que la otra temporal

perecedera.

36     «El vivir que es perdurable

no se gana con estados

mundanales,

ni con vida delectable

donde moran los pecados

infernales;

mas los buenos religiosos

gánanlo con oraciones

y con lloros;

los caballeros famosos,

con trabajos y aflicciones

contra moros.

37     «Y pues vos, claro varón,

tanta sangre derramasteis

de paganos,

esperad el galardón

que en este mundo ganasteis

por las manos;

y con esta confianza,

y con la fe tan entera

que tenéis,

partid con buena esperanza,

que esta otra vida tercera   ganaréis.»

Responde el Maestre;

38    -«No tengamos tiempo ya

en esta vida mezquina

por tal modo,

que mi voluntad está

conforme con la divina

para todo;

y consiento en mi morir

con voluntad placentera,

clara y pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera,

es locura.

Oración;

39 “Tú, que, por vuestra maldad,

tomaste forma servil

y bajo nombre;

tu, que a tu divinidad,

juntaste cosa tan vil

como es el hombre,

“tu, que co

n tus grandes tormentos

sufristeis sin resistencia

en tu persona,

no por mis merecimientos,

mas por tu sola clemencia

me perdona.”

Fin

40 Así, con tal entender,

todos sentidos humanos

conservados

cercado de su mujer

y de sus hijos y hermanos

y criados,

dio el alma a quien se la dio

(el la cual la dio en el cielo

en su gloria),

que aunque la vida perdió,

dejónos harto consuelo

su memoria.

Para finalizar hagámosle justicia a Jorge Manrique y dejemos claro que no solo escribió poemas tan bellos como el precedentes, su obra es mucho mas extensa e intensa…

Castillo d’Amor


Hame tan bien defendido,
señora, vuestra memoria
de mudança,
que jamás nunca ha podido
alcançar de mi victoria
oluidança,
porqu’estáys apoderada
vos de toda mi firmeza
en tal son,
que no puede ser tomada
a fuerça mi fortaleza
ni a trayción.

La fortaleza nombrada
está’n los altos alcores
d’una cuesta
sobre vna peña tajada,
maçiça toda d’amores,
muy bien puesta,
y tiene dos baluartes
hazia el cabo c’a sentido
ell oluidar,
y cerca a las otras partes
vn río mucho crescido
qu’es membrar.

El muro tiene d’amor
las almenas de lealtad,
la barrera
qual nunca tuuo amador,
ni menos la voluntad
de tal manera;
la puerta d’un tal desseo
que, aunqu’esté del todo entrada
y encendida,
si presupongo c’os veo,
luego la tengo cobrada
y socorrida.

Las cauas están cauadas
en medio d’un coraçón
muy leal,
y después todas chapadas
de seruicios y afición
muy desigual;
d’una fe firme la puente
leuadiza, con cadena
de razón,
razón que nunca consiente
passar hermosura ajena
ni afición.

Las ventanas son muy bellas,
y son de la condición
que dirá aquí:
que no pueda mirar d’ellas
sin ver a uos en visión
delante mí;
mas no visión que m’espante,
pero póneme tal miedo
que no oso
deziros nada delante,
pensando ser tal denuedo
peligroso.

Mi pensamiento, qu’está
en vna torre muy alta,
qu’es verdad,
sed cierta que no hará,
señora, ninguna falta
ni fealdad;
que ninguna hermosura
no puede tener en nada,
ni buen gesto,
pensando en vuestra figura
que siempre tiene pensada
para esto.

Otra torre, qu’es ventura,
está del todo caýda
a todas partes,
porque vuestra hermosura
l’a muy rezio combatida
con mil artes,
con jamás no querer bien,
antes matar y herir
y desamar
vn tal seruidor, a quien
siempre deuiera guarir
y defensar.

Tiene muchas prouisiones
que son cuidados y males
y dolores,
angustias, fuertes passiones,
y penas muy desiguales
y temores,
que no pueden fallescer
aunqu’estuuiesse cercado
dos mil años,
ni menos entrar plazer
a do ay tanto cuydado
y tantos daños.

En la torre d’omenaje
está puesto toda ora
vn estandarte
que muestra, por vassallaje,
el nombre de su señora
a cada parte,
que comiença como más
el nombre y como valer
ell apellido,
a la qual nunca jamás
yo podré desconoscer
aunqu’e perdido.

Fin
A tal postura vos salgo
con muy firme juramento
y fuerte jura,
como vassallo hidalgo,
que por pesar ni tormento
ni tristura,
a otri no lo entregar,
aunque la muerte esperasse
por beuir,
ni aunque lo venga a cercar
el Dios d’amor, y llegasse
a lo pedir.